Me he quedado sin mi capacidad de escribir. Esta nota es un
último esfuerzo, un esbozo de un pasado significativo de escritura, al menos en
cuanto a práctica e inventiva. Porque quiero zafarme de este problema y quizá
ponerlo en palabras me ayude a averiguar si realmente es algo momentáneo o una
enfermedad que se expande cual cáncer y que no piensa abandonarme jamás.
Decepciones amorosas, deseos hechos trizas y una canción melancólica que
escuché por primera vez cuando aun cursaba el colegio son las cosas que me
impulsan a escribir con tanta necesidad que justo ahora hasta pareciera que he
recuperado el toque.
Pero sé que no es así, todo es un castillo de naipes. No
puedo detener los relojes ni mucho menos cambiar el pasado o viajar en el
tiempo. Quizá sea como el deseo de regresionar que tienen muchos humanos, el de
querer vivir en otra época pasada (que siempre fue mejor) el que me hace esto,
el que me quita las energías. A pesar de que nuestro presente en realidad sea
prometedor. No me inspiran las ciencias,
pero dependo enormemente de un aparato como la computadora por la simple razón
de que facilita esta vida actual.
Quiero deshacerme de sentimientos insulsos, insignificantes,
que a veces en medio de la crisis o la visión a futuro, se sienten tan
importantes. Porque la volubilidad, el deseo de luchar y la fuerza, vienen en
paquete, pero son también un arma de doble filo, que te sume en el letargo si
no eres capaz de canalizarla (lo cual, soy plenamente consciente, sucede
conmigo). Una dependencia que me espanta en su desgraciada realidad, pero de la
que no puedo deshacerme ni siquiera cuando me encuentro llena de energía. Una
necesidad de amar a alguien más que al prójimo y a mi familia que hasta ahora
no había entendido. Una soledad que no quise compartir y que ahora pesa como un
fardo de ilusiones olvidadas.
Porque un réquiem siempre me pareció más poético que un
carnaval, pero los carnavales no duelen ni se hacen pobres con el tiempo. No se
oirán réquiems en mi partida, porque no quiero partir. Es el abismo de la
indiferencia lo que me pone enferma hasta un punto indecible. Y daña a los
demás como una daga repleta de esquirlas punzocortantes. Mis alas negras no
pueden volar porque están emponzoñadas con la desdicha eterna del abandono de
los sueños. De verlos pasar y no dar un paso al frente, sea por estupidez o
timidez. Y la sombra de los años se cierne como un buitre, buscando el momento
preciso para elevarme por los aires como la cena.
Porque los que me aman de verdad nada pueden hacer. Y los
que dicen amarme apenas y les importa. Porque realmente no llegará nadie a
sacarme del vacío y aun así sigo oteando el horizonte, como esperando que un
dragón de bigote elegante y alas de murciélago venga a sacarme de lo alto del
risco del que estoy a punto de lanzarme. Porque a veces la felicidad cotidiana
enmascara el horror que se lleva por dentro. Y ese mismo horror pugna por salir. Y estuve,
estoy, a punto de dejar que fluya… y es entonces cuando me detengo. Cierro las
compuertas de mi alma y me protejo entre brumas. Porque el frío todo lo lleva y lo consume y aunque lo mata, lo conserva
para la eternidad.
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