Escribimos sobre ellos, lloramos, reímos y cantamos con ellos. Tenemos certezas respecto al tipo de persona que soñamos que sea y también tenemos una forma particular de imaginar sus gestos y sus siempre cálidas sonrisas. Seres carismáticos ya sea vestidos de blanco o en cotas de mallas para la guerra. Seres que surgen ante el apuro más peliagudo y ante la situación más desesperada.
Son símbolos que nos hacen aspirar a ser mejores personas. Símbolos al fin que, luego de una larga jornada, sentimos que podríamos algún día ser o llegar a acompañar. Son personas firmes y certeras, con alta o endeble moral pero siempre carismáticos y con un temple de acero.
Nunca he sido muy imparcial en cuanto a El señor de los Anillos. Siento una debilidad muy grande, ante su mensaje atemporal, lleno de vida. Porque la valentía, la templanza del carácter, la fuerza y la lealtad, mostrada ante amigos y familiares, personas cercanas e importantes para defender cada retazo de cualquier causa importante hace que cualquiera instantáneamente quiera formar parte de ese pequeño grupo ante el cual arraciman los más diversos fans.
No me esperaba mucho de El Hobbit. La historia, corta y bastante más simple que el resto de historias de Tolkien en su esencia, siempre fue de mis favoritas, pero también era en suma la más fácil de asimilar y por tanto de poco culto (por más curioso que suene). Me esperaba algo mejor: escenas más logradas y menos ridículas (Légolas saltando sobre las piedras para derrotar al orco fue más allá del permisible ridículo). También me enojó sobre manera que el rey bajo la montaña muriera solo como un perro, el descarado fan service entre la elfa inventada y Kili y el protagonismo fugaz de Fili (calculo unos cinco segundos, siendo generosa); sin embargo, hay algo que no se puede negar: la fuerza con la que te golpea la certeza de que podría lograrse algo muchísimo mejor, de cómo, escena tras escena, puede atisbarse lo que fue y será un gran producto y que siempre pudo haberse mejorado.
Los libros de Tolkien siempre me han causado, además, sentimientos encontrados: de un lento arranque, ponen a prueba hasta al más persistente y penitente fandom y hacen que uno se sienta poderoso con sólo llegar al clímax: porque vale la pena. Y no puedo negar que llegué a las lágrimas con varias escenas, entre ellas, la de Bilbo conversando con Thorin. No puedo describir la sensación que me otorgó esta película. No agradezco, los inventos, el ya mencionado descarado fan service ni tampoco las escenas rozando y repasando en ida y vuelta lo ridículo. Lo que realmente le agradezco, es esa sensación de intranquilidad: de salida de la zona de confort para entrar en un mundo fantástico para poder adentrarme en la tierra media en donde hasta el ser más pequeño puede realizar un gran cambio, porque el cambio empieza por uno mismo, cuando uno decide salir de dónde se encuentra y encontrar, después de todo, que era más de lo que él mismo esperaba.
Bilbo es como la mayoría de la gente: comodón, pertinente y sensible. Pero es además alguien excepcional: leal, valiente, sagaz y expresivo. Y no es perfecto, ni tiene mucha resistencia a cualquier defecto. Es, simplemente, alguien que daría lo que fuera por sus amigos, un alma noble, y no por ello estúpida o sin sentido común.
Apesto como fan por haber visto apenas La Batalla de los Cinco Ejércitos.
Pero no importa. Los sentimientos alcanzados hacen justicia al hecho de que no me importa que digan que es una película dirigida a lo más vendido de la industria.
Me han conmovido hasta lo más profundo.
Farewell, dear fellows



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